Y un día el modem dejó de tener señal. Y el problema no fue eléctrico: #PersonalFlow decidió cortar el servicio de Internet.
La interacción humano-máquina comenzó a través de “PiA”, el asistente virtual de Personal.
¿Solución?
“Para la solución definitiva, es necesario que coordinemos la cita, donde los técnicos te cambiarían el equipo por el servicio actual de Personal Flow en tu zona”
“...para mejorar la calidad de nuestros servicios y darte una solución definitiva, vamos a coordinar una visita técnica para migrar a fibra óptica (FTTH), que es la tecnología actual del servicio en la zona”.
Ya en la terraza del edificio, encargado mediante, quedó confirmado: días antes habían pasado "otros técnicos" de #PersonalFlow a realizar una “limpieza de cableado”. Los cables estaban cortados, entre ellos, por supuesto el mío.
No basta con aceptar pasivamente los relatos que prometen innovación y progreso, es fundamental cuestionarnos, analizar sus efectos y considerar a quién/quiénes beneficia realmente.
Una afirmación que se escucha frecuentemente es que “las tecnologías no son ni buenas ni malas, depende del uso que le demos”. Y resulta una afirmación débil, pues las tecnologías son mucho más: son maneras de mirar, representar, entender y estar en el mundo. En particular, si nos detenemos en las tecnologías digitales, definen lo que somos y cómo nos relacionamos con los otros.
En este sentido, las tecnologías resultan extensiones de los valores humanos, que responden a lógicas de eficiencia y progreso, pero que también reproducen y amplifican desigualdades sociales. Es necesario reconocer que las tecnologías que el mercado pone a disposición de la sociedad no nacen de forma espontánea o ingenua. Son producto de decisiones y estrategias que han conducido a un desarrollo -y fundamentalmente a una inversión- en una dirección en lugar de otras muchas posibles. Y aquí, un llamado punto de atención: como argumenta Langdon Winner, la tecnología no es neutral, sino que está inherentemente ligada a valores e intereses particulares.
Con frecuencia, la tecnología se presenta como si llegara por sorpresa: el ejemplo más actual es la Inteligencia Artificial Generativa. Y una vez que su presencia está consumada, se nos exige buscar la forma de “aprovecharla”, aunque en su diseño nunca haya estado presente este objetivo. Nos encontramos ante una pérdida de nuestra agencia frente a dicha tecnología.
La agencia no consiste simplemente en usar tecnologías, sino en comprenderlas suficientemente como para poder decidir sobre ellas, transformarlas y evitar que “determinen” nuestras prácticas (Martin Parselis).
La conceptualización de lo digital como una doble fuerza motriz, entre lo físico y digital- en palabras de Alessandro Baricco- define nuestra capacidad de intervención en relación con las tecnologías.
Vuelvo al ejemplo del modem de fibra óptica de #PersonalFlow: la cuestión no es tecnología sí o tecnologías no, sino qué tecnologías diseñadas y producidas por quién, para qué, cómo y cuándo.
No necesitamos promesas tecnológicas, necesitamos poder intervenir en la construcción de espacios digitales que habitaremos, y no solo usarlos pasivamente.
Una tecnología crítica es aquella que hace visible su propia construcción social, política y técnica, permitiendo que las personas comprendan cómo funciona, cuestionen los valores que incorpora y participen en su transformación. Partiendo que el carácter crítico no reside exclusivamente en el “artefacto”, sino en la relación entre la tecnología con los usuarios, ampliando su capacidad de acción.
Es urgente entonces poner el foco en nuestra agencia, en el desarrollo de una cultura técnica que amplíe nuestra capacidad de agencia y que abra posibilidades de intervención sobre los sistemas tecnológicos.
Finalmente, ser críticos, no es estar en contra de la tecnología.
En lo personal, mi mayor preocupación (y ocupación) es poder contribuir a formar ciudadanos capaces de comprender críticamente la tecnología.
